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Archive for 23 febrero 2009

Don Pedro Romaniuk durante una entrevista con el autor de este blog en la sede de su Fundación Instituto Cosmobiofísico de Investigaciones (F.I.C.I.) en la localidad de Virrey del Pino, partido de La Matanza, Buenos Aires (circa 1996).

El sábado 21 de febrero falleció Don Pedro Romaniuk de un paro cardiorespiratorio. Cuando su nieta Aldana me confirmó la noticia, cerré los ojos y atravesé mil y un recuerdos. Su libro Texto de Ciencia Extraterrestre que me regaló mi hermano Javier (el pobre creyó que me iba a encantar), sus conferencias en los ochenta en el Centro Cultural General San Martín, la malasangre que me hice cada vez que almorzaba con Mirtha Legrand y, más adelante, nuestros encuentros en la sede de su instituto. Sé de antemano que estoy condenado a la incredulidad general, pero la noticia de su muerte me emocionó.

La salud de Romaniuk, el gurú místico de los ovnis más famoso del país, zozobraba desde noviembre. Con todo, los presagios médicos no parecían alarmantes: a sus 86 años, don Pedro era un sobreviviente. No sólo había sobrellevado con estoicismo los achaques propios de la edad; una isquemia lo había dejado al borde de la ceguera, su osamenta se deshacía en cada tropezón y nadie sabía cómo se las arreglaba para sobrevivir a su insuficiencia renal crónica (bueno, en realidad sí se sabe, zafaba gracias a un milagro de la ciencia: se dializaba).
Es que don Pedro –hijo del inmigrante ruso Miguel Romaniuk y nacido en 1923 en Médanos, provincia de Buenos Aires– había sobrevivido a tragedias mayores. Sobrevivió a la caída de un avión en 1947, a la muerte de su hija Stella Maris, de tan solo 21 años, y a que se dudara de su cordura en ámbitos donde no esperaba ser recibido con hostilidad.
Quiero ser claro: yo mismo organizaría una sentada frente al primer colegio que considerase a sus textos lectura obligatoria. Pero el Arzobispado de Buenos Aires censuró sus escritos –una literatura copiosa, reiterativa y en más de un sentido espeluznante– con exagerada tenacidad. Romaniuk, ex docente en el Colegio La Salle, se sintió traicionado cuando la Iglesia hizo retirar sus obras de las librerías católicas por las blasfemias (en rigor, un milenarismo de otro cuño) que en ellas predicaba.
Con don Pedro nunca fuimos, ni lejanamente, amigos. Pero tampoco lo contrario: siempre me recibió con amabilidad en la sede de su Fundación Instituto Cosmobiofísico de Investigaciones (F.I.C.I.) en el partido de La Matanza, donde atendía, cual Pancho Sierra posmoderno, a los enfermos que iban a “armonizarse” a su fantástico Laboratorio Psicotrónico, una pirámide abastecida con bidones de agua importada de un volcán neuquino y energía cósmica de Las Pléyades.
No me muero por recordar nuestros choques, pero nobleza obliga. En 1991 nos cruzamos en Metete, un talk show que conducían en ATC Luisa Delfino, Horacio de Dios y Raúl Urtizberea. Cuando interrumpí su primera extravagancia, don Pedro, para convencerme (ya no me acuerdo de qué), quiso pasarme un folio en cámara. “Vea, compruébelo, lea este documento”. Me dijo eso, o algo así. Me negué a recibir el papel porque –como el programa terminaba– no quise que una lectura silenciosa fuera interpretada como una aceptación de su contenido. Así se cobra el presente los arrebatos del pasado: hoy me sigo preguntando qué decía aquella hojita.
Tampoco le voy a pedir al lector que se apiade de mis prejuicios. Pero ruego tener en cuenta que en los noventa yo era un hidalgo militante del club de los Refutadores de Leyendas. Mi lugar era la vereda de enfrente; por entonces, mi odiosa misión en la vida era exigirle pruebas. No sólo se las pedí sino que me atreví a contradecirlo. Don Pedro se puso colorado como un chorizo y me llamé a silencio. Bueno, es hora de confesar la verdad: yo sabía que sufría de presión alta y no quise cargar con un profeta en mi placard.
No ventilo estos infortunios para conquistar el corazón de las almas que ahora añoran su partida. Nada que ver. Lo cuento porque, por entonces, a pesar del enojo que me causaban sus afirmaciones (“miles y miles de naves extraterrestres se esconden en el lado oscuro de la Luna”, “las perturbaciones electromagnéticas desplazarán el eje de la Tierra”, etcétera, etcétera), me empecé a informar. Así supe que Romaniuk remontaba una mochila pesada; su historia, compleja y dolorosa, permitía entender al menos parte de las convicciones que defendió hasta el fin. Antes, mi visión estuvo sesgada: yo evaluaba a sus dichos inverosímiles desde el exasperante rigor de las ciencias duras, cuando hubiera debido hacerlo desde la calma comprensiva de las ciencias humanas.
Con el tiempo descubrí que en sus despliegues verbales, grandilocuentes y recargados de datos falaces o tergiversados, no prevalecía la pseudociencia sino la invención: sus charlas eran un collage de creencias sui generis donde coexistían seres de otros mundos, conspiraciones multinacionales y ensoñaciones sobre el clima con honda resonancia en la cultura popular. Sus alegatos revestidos de ciencia exacta no resistían, no ya el paso del tiempo, sino el sentido común. Vaticinó el fin del mundo tantas veces que ya nadie llevaba la cuenta. Predijo guerras, maremotos, colisiones de asteroides y cometas con una familiaridad pasmosa. Su gente, que no le quitaba una pizca de cariño, justificaba los desaciertos como meros retrasos del Plan Divino.

En noviembre de 2004, el periodista Juan Pablo Cozzani entrevistó a don Pedro Romaniuk para el programa “Vida y vuelta” (canal 7). Fue una de las últimas ocasiones en que predijo el fin del mundo.

Ahora creo que lo sé: cada señal incumplida no revelaba tanto la impericia de sus dones proféticos sino preocupaciones sociales que lo sobrepasaban. En libros, revistas e incursiones televisivas, don Pedro exhumaba y exorcizaba fantasmas colectivos. Cada profecía que se estrellaba en el mundo real, como las que heredó de su maestro, el profeta y abducido Benjamín Solari Parravicini, mostraba que su frustrante calendario apocalíptico siempre merecía otra oportunidad.

Presiento que, a la larga, el recuerdo de sus discursos catastrofistas, los que me angustiaron en mi adolescencia y me enojaron en los noventa, no sobrevivirá. Lo digo con cierto fundamento: ni al mismo Romaniuk le interesaba la ciencia de este planeta. Él había construido una cosmovisión que forjó a contrapelo de la racionalidad ortodoxa –la del saber común– para justificar una vida llena de experiencias extrañas, infinitas búsquedas en laberintos espirituales y sobrecogedoras penurias personales. Y, si algo sobrevive a la prédica de Romaniuk, eso será la religión. Pese a que no deja herederos a la vista (sólo hay pálidos émulos), su influencia será perceptible en un enjambre de movimientos espirituales de la actualidad y del porvenir. Una miríada de grupos esotéricos que –tras atravesar múltiples encarnaciones– siguen dando vueltas por ahí. Los sobrevivientes de esa Nueva Era que puja y puja por emerger, pero que nunca, ni con forceps, termina de nacer.

Los escépticos pueden dormir tranquilos: más temprano que tarde, los espíritus animados con el don de la curiosidad podrán dudar. Y, si se quieren dar la oportunidad, pensar.

La vida de don Pedro Romaniuk se me antojó fascinante. Por eso le dediqué un capítulo en Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina. Un librito que, con Marte a favor, Editorial Sudamericana distribuirá en el mes de mayo.

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Se fue el patriarca de los platos voladores

Página oficial de la F.I.C.I.

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El inofensivo autor de este blog ha recibido algunos insultos (oportunamente higienizados) por haber deslizado alguna pudorosa crítica a ufólogos, magos y conspiranoicos. No me voy a arrancar los pocos pelos que me quedan por haber cometido la imprudencia de no dejar conforme a todo el mundo. Máxime cuando casi nunca me metí con otros temas que tienen especialistas más poderosos. Ahí tienen a la homeopatía, el psicoanálisis, la teología, la ecología…
“¿Perop.. perop… ¿La ecología? ¿Hasta dónde pretendes llegar con tu soberbio positivismo?”, berreará algún pastor de la tolerancia ciega.
Mejor no me extiendo, y los dejo con George Carlin (1937-2008) y su discurso sobre los arrogantes intentos del hombre por controlar la naturaleza. Luego, a cenar bife con ensalada sin ninguna culpa.

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Danza tribal del clan Tiriki Luhya en las selvas de Kakamega, oeste de Kenia.

No me gusta usar este modesto blog para reflexionar sobre cómo los medios construyen la realidad social. Tranquilos: me abstendré de filosofar sobre la cuestión. Además, ya lo hice una vez acá.
Por eso empiezo con algo que todo el mundo sabe: durante el verano el mundo deja de girar. El fenómeno es notable en las redacciones. Una mezcla de letargo, fiebre y compulsión por el color se apodera de los editores. Los personajes que generan noticias están de vacaciones, falta presupuesto para sorprender famosos en la costa y, si alguien los encuentra, pocos tienen ganas de sostener declaraciones explosivas. También se advierte la consagración de cierta escuela de pensamiento gelblungdiana, según la cual los climas cálidos influyen en el ánimo del público, que es atacado por el SPI, o Síndrome de la Pereza Intelectual. “En verano -según esta corriente del gremio- la gente no quiere pensar”. Páginas, aire y tubos catódicos rebosan de literatura-refrito, entrevistados baladíes y colegas de la talla de Jorge Rial dedican crónicas exhaustivas a los soporíferos desatinos de la farándula. También -todo hay que decirlo- es un momento altamente democrático: tienen su oportunidad personalidades que en cualquier otra estación del año hubieran merecido una indiferencia escalofriante.
Así nació Javier Pelourson, el hacedor de lluvias de Pergamino. Odio repetirme, pero nada mejor que un blog para refrescar noticias muertas. Además, me cayó del cielo una perlita encantadora.
Pelourson –desde aquí se accede a su blog– fue ungido estrella de la temporada porque en plena sequía estival aseguró que él, y sólo él, poseía el don de hacer llover. Habló en programas radiales, apareció en noticieros y hasta desde Crítica de la Argentina nos hicimos eco de sus hazañas.
La noticia, en verdad, era vieja. El primer medio nacional que se ocupó de Pelourson fue el diario Crónica, el 17 de diciembre de 2008. Pero no tuvo ningún rebote. Hasta el miércoles 4 de febrero de 2009, cuando la revista Semanario recogió la posta.


El periodista Franco Morello (seudónimo, a pedido suyo) me contó cómo se gestó la nota. “Hace pocas semanas, conversando sobre el calor con un amigo de Pergamino, me enteré de la anónima existencia de Pelaurson. Me causó muchísima gracia porque un ‘cazatormentas’ no resiste el menor análisis, es un charlatán. Pero, obviamente, era nota. Como yo andaba sin tiempo, la redacción le asignó el tema a un compañero. La entrevista se publicó a página doble. Cuando el martes 10 Crítica de la Argentina reveló que un grupo de ruralistas había desembolsado 50 mil pesos para contratar sus ‘servicios’ me quise morir. ¡Había creado un monstruo! Como padrino de la criatura sólo puedo decir una cosa: merezco que me parta un rayo”.
Justificación del video que preside el post: en Kenia todavía quedan tribus que usan magia para hacer llover. Al menos se divierten.

Enlaces

Periodismo y escepticismo: sembrar la semilla de la duda es una inversión a largo plazo
Descargar pdf de la nota a Pelourson en Semanario, 4/02/09
Parte 1
Parte 2

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¡Creacionistas! No me vengan con bananas verdes. Hace doscientos años nacía Charles Darwin. Un tipo que explicó qué es la evolución, es decir, por qué las especies vivas evolucionan a partir de un antepasado común y sufren cambios a lo largo de diferentes generaciones y por qué la “Selección Natural” no es el equipo de fútbol de Greenpeace sino el proceso biológico por el cual la naturaleza elige a ciertos individuos, quienes transmiten sus características a la descendencia, siendo los mejor adaptados al medio los que tendrán mayores posibilidades de sobrevivir.
Dicho sea de paso, hace apenas un año se nos iba Mariano Moldes. Otro biólogo brillante. Sólo que a éste le faltó tiempo. Además, era argentino y querendón.

La evolución según Carl Sagan

Otros enlaces
Entrevista a Francisco J. Ayala

Lamarckismo, neorracismo, criptozoología y sociobiología

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Se dice que algunos productores rurales argentinos pagaron cifras cercanas al disparate a un mago que juraba poseer el don de hacer llover. Javier Pelourson imploró a las nubes por semanas. Y el cielo -al parecer, harto de sus salmos- se vino abajo. Hoy mismo, Crítica de la Argentina publica un reportaje al hacedor de tormentas. Cerca de ahí resumo la historia de Wilheim Reich, el psicoanalista que inventó un “destructor de nubes” que provocaba lluvias y atraía ovnis, la de Charles Hatfield, el rainmaker que inundó San Diego, y la de Juan Barigorri Velar, primer argentino reconocido en el mundo por acertar el pronóstico meteorológico con la ayuda de una máquina que -aseguraba- producía desde ciclones hasta lluvias intermitentes. La tormenta de hoy prueba que, tade o temprano, los profetas obstinados obtienen su recompensa.

Enlaces
“El mago de la lluvia” (Documental sobre Juan Baigorri Velar, 8′ 29 “)

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Rugen los tractores ante la falta de respuestas a las demandas de los chacareros; una sequía espantosa extermina las cosechas; las vacas no aparecen mutiladas sino envenenadas (algunos forrajes se vuelven tóxicos por la falta de agua); y en pocas semanas se cumple un año del paquete de medidas que puso en pie de guerra al (resumámoslo) “campo”. Algo muy extraterrestre debe estar pasando en la Argentina para que El Federal -revista dirigida al sector agropecuario- dedique su última portada al ufólogo y actor uruguayo Fabio Zerpa.

EUFORIA DE UFOS
Una de las alerta rojo siderales que afligieron el interior del país fue la microleada de ovnis que anegó los cielos de Rosario, provincia de Santa Fe.
Desde el 28 de enero de 2007, una luz circular solía titilar en el cielo nocturno. A partir de las 22 horas, cuando esta presencia solía manifestarse, muchos vecinos enfocaron sus cámaras digitales y celulares al cielo; entre ellos, algunos creyeron ver que desde la luz partía una extraño “rayo láser” que llegaba a nivel del suelo.

También en Rosario, allá por diciembre de 2007, se había informado un fenómeno semejante. Varios vecinos anonadados denunciaron a los medios la intrusión alienígena. La noticia cobró vuelo y despabiló a un grupo de amigos, dedicados a hacer volar un barrilete (papalote, papelote, cometa, birlocha, cambucha, pandorga, volantín, para ser cordial con los lectores hispanoamericanos de este blog) en la zona del Shopping Alto Rosario.
En uno de los videos, los muchachos reconocieron a uno de sus pingos de nylon, plástico y papel. Especialmente porque a su juguete con motor a viento le habían agregado un artefacto extra: una carcaza plástica circular con pequeños reflectores (leds, la imagen que encabeza el post) soldados alrededor, alimentados por cuatro pilas AA, que pendía lo más oronda del nylon-láser. Conclusión: en ambas oportunidades, el ovni que mantuvo en vilo a los rosarinos fue un tierno, pero también modernísimo barrilete. Los responsables del avistaje prometen nuevas invasiones.

Gracias al colega mexicano Luis Ruiz Noguez, de Marcianitos Verdes, por dar aviso.

Enlaces
Videos del platívolo sobrevolando el Shopping Alto Rosario
Vuelos nocturnos y el misterio de los ovnis en Rosario

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Barcelona felicita al diario Perfil por publicar la valiente investigación de Christian Sanz que demuestra que la foto de Cristina Fernández y Fidel Castro es falsa”. Un colega criticó el post que le dediqué al tema. Dijo que me había tomado demasiado a pecho la delirante hinbestigación de Christian Chanz publicada por Perfil (que tampoco lo había tomado en serio). La revista satírica argentina Barcelona (Año 6, Número 153, 29 de enero de 2009) hizo lo correcto.

ULTIMO MOMENTO
La capacidad de comprensión de Christian Sanz y Fernando Paolella, responsables de Tribuna de Periodistas, es lineal como la de Mork, el extraterrestre que vino de Ork: no entienden los chistes.
Le dedican un “GRACIAS TOTALES” a la humorada de la revista Barcelona.

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