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Posts Tagged ‘platos voladores’

Francisco García, el contactado que en 1973 predijo un aluvión de ovnis en Chascomús (atrás, Javier Alfonsín, hijo de don Raúl).Una de las historias que investigué con más entusiasmo para Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina (Sudamericana, 2009) fue la profecía de Francisco García, un contactado que decía ser “comandante de las fuerzas de Marte en la Tierra y marciano por parte de madre a nivel de la tercera reencarnación”. En 1973, García revolucionó a la localidad de Chascomús, provincia de Buenos Aires, y a la audiencia de Canal 13, cuando anunció que el contacto con los marcianos era inminente. “El próximo sábado, cincuenta platos voladores van a descender sobre la Laguna de Chascomús. No serán cuarenta y nueve ni cincuenta y uno, sino exactamente cincuenta platos”, dijo García el 16 de agosto de 1973 a Víctor Sueiro en Teleshow, un programa de entrevistas que compartía con José de Zer, entre otros.

La profecía de García falló y la historia hubiese podido terminar ahí. De hecho, don Alfredo D’Alessandro, por entonces socio del Club de Pesca y Náutica de Chascomús, despachó el asunto en poco más de dos minutos:

Ese capítulo de la ufología argentina, titulado Mi marciano favorito, iba a quedar inédito: ante la imposibilidad de dar con indicios de Francisco García, me propuse reencontrar y visualizar los archivos de las diferentes emisiones de Teleshow, que se ocupó del tema durante una semana, antes de poner manos a la obra; pero ni Canal 13 ni los principales documentalistas porteños sabían nada de aquel rodaje. Una luz de esperanza asomó cuando Sueiro me dijo que guardaba algunas cintas y podía mostrármelas. Lamentablemente, el periodista falleció antes de reunirnos y su familia no tuvo suerte cuando buscó el preciado material.
Casi sin darme cuenta, la reconstrucción de la odisea marciana había comenzado. Aparte del propio Víctor Sueiro, entrevisté a varios protagonistas secundarios (Adalberto Ujvari, José Eduardo Bonavita, Luis Urruti, Alfredo D’Alessandro, Abelardo Tejo y Juan José Castro, entre otros) y visité Chascomús para imaginar lo que menos posible lo que debió ser “la escena del contacto”. Luego logré hallar al legendiario Normando Anuar Busefi, otro profeta de extracción peronista –hoy internado en un neuropsiquiátrico- que respaldó el vaticinio de García y cuyo derrotero y destino merecieron un amplio despliegue en el libro.

También intenté reflejar el clima de la época: poco antes había vuelto a la Argentina el general Juan Domingo Perón, se produjo la masacre de Ezeiza, Estados Unidos huía de Vietnam del Sur, en Chile crecía el fantasma del general Augusto Pinochet, las sondas Pioneer partían al espacio profundo con un mensaje a posibles extraterrestres, la revista 2001, periodismo de anticipación era rebautizada “periodismo de liberación” y el diario Clarín comenzaba a publicar El regreso de Osiris, una novela gráfica de Alberto Contreras que mezclaba ciencia ficción, ufología y religión.
En Mi marciano favorito intenté poner en perspectiva a los profetas que prometen grandes revelaciones sobre realidades extraterrestres. Pero, también, quise mostrar cómo actúan los diversos actores antes, durante y después de la instancia de agitación social que causan estos pronósticos. Y que -cuando la profecía falla- poco se gana “apaleando” al profeta: el ensañamiento supone ignorar que siempre hay visionarios rondando por ahí y que, si tienen alguna influencia, es gracias a los periodistas, ufólogos, aficionados y, por supuesto, empresas periodísticas a las que “tanto les interesa” mantener al público bien informado. Ironía ésta que captará el buen lector de Invasores.

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Tranquilamente podría encender otra estrella a la constelación de críticos que destrozaron la remake del film de Robert Wise, El día que la Tierra se detuvo (The day the Earth stood still, entonces traducida como El día que paralizaron la Tierra y Ultimátum a la Tierra, 1951). Pero no tengo ganas de prenderme en la diátriba, aunque me sobran motivos, especialmente para comentar las partes en que me mantuve despierto (confieso que me he dormido). Por otra parte, podría cometer una injusticia: no sé si la nueva versión suprimió las escenas más jugosas de su predecesora o si éstas sucedieron justo cuando cabecee un sueñito. Prefiero no ser tan duro por otras razones. En realidad, apenas son dos: 1) Scott Derrickson, el director, hizo un audaz intento de innovar sin apartarse de la idea original, hace 57 años novedosa pero hoy irremediablemente perimida; 2) sin ese intento ¿sobre qué podría escribir yo ahora?
De mi primer argumento, algunos dirán: “el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones”. Si la puesta en escena de un desembarco extraterrestre quedó desfasada (y se insistieron variantes hasta el aburrimiento), ¿por qué no dejar en paz el original? Respondo: ¡Me rindo, terrícolas!
Pero aquí no acaba el cuento.
Desde el punto de vista geopolítico, el bendito policía que llega desde el (espacio) exterior y amenaza con hacernos puré a menos que nos portemos como él quiere, tiene una baranda nikto a Guerra Preventiva que voltea. Si el discurso de este “invasor bueno” olía mal en los cincuenta, hoy el tufo es insoportable.
Desde el punto de vista antropológico cultural, la película de Wise marcó un antes y un después en la percepción social de los extraterrestres. Le cabe el honor de haber amplificado (y en algunos casos, anticipado) los grandes temas que nutrieron el movimiento social que se articuló alrededor de las apariciones de platos voladores; sobre todo, a los que comenzaron a afirmar estar en contacto con sus ocupantes.
Y desde el punto de vista cinematográfico, la vieja versión de El día que paralizaron la Tierra sigue vigente: su atmósfera densa, las persecuciones callejeras, los tiroteos nocturnos y el envolvente clima de suspenso que le imprime la banda sonora (una estética que heredaba del cine negro), explican por qué aún despierta fascinación.
Basado en El amo ha muerto, un cuento corto de Harry Bates, el film presentó a un alienígena que -lejos de aniquilar, invadir y conquistar a las apuradas- se mostraba “preocupado” por el belicismo terráqueo. La idea que transmitía era, por entonces, relativamente novedosa: si la Humanidad sigue jugando a la guerra con el arsenal nuclear, y no pone esa tecnología al servicio de causas útiles, como los viajes espaciales, los planetas confederados están listos para acelerar su destrucción. ¿El motivo? “La Tierra puede poner en peligro el equilibrio del Sistema Solar”. Si los terrestres desobedecían, las fuerzas intergalácticas se encargarían de borrar del mapa a esa tribu maleducada. Ya en la primera versión, el embajador cósmico no se interesaba tanto por los terrestres como en los efectos de un holocausto nuclear. Un argumento que iba a ser recuperado por millares de adherentes a la religión platillista.

KLAATU, EL CRISTO MODERNO
La primera versión de The day the Earth stood still actualizó una idea en circulación desde el siglo XIX: Cristo iba a volver para rescatar al mundo, probablemente desde otros planetas (1).
Según el guionista, Edmund North, el parangón entre el derrotero del Klaatu, el profeta extraterrestre, y Jesús, el profeta cristiano, era un guiño deliberado: uno es hijo adoptivo de un carpintero, el otro se apropia del apellido Carpenter; ambos fueron malogrados por villanos poderosos, los dos –para lograr la aceptación de los infieles– debieron hacer asombrosas demostraciones de poder; ambos dan a elegir entre el castigo y la redención y, también en ambos casos, la salvación estará junto a él (o Él). Además, tanto Klaatu como Jesús fueron traicionados, perseguidos y acabaron resucitando. North dijo que los paralelismos con el fundador del cristianismo fueron parte de una “broma privada” que pasó por alto la censura (2). Una idea dura de tragar: las analogías bíblicas son demasiado explícitas. Es su modernidad, en todo caso, lo que pudo haber erizado los pelos al gorilismo de la época: el profeta extraterrestre repudia al armamentismo que ya por entonces propiciaba los Estados Unidos y desconoce al gobierno yanqui (el democrático extraterrestre pide ampliar las bases de sus interlocutores) y su alegato por la fraternidad universal. Por esos años, el senador Joseph McCarthy había desatado la caza de brujas contra todo artista, político o intelectual sospechado de simpatizar con el comunismo. Tanta cháchara pacifista apestaba a agentes encubiertos de la K.G.B. Por lo mismo, los productores tuvieron que atar guión y realización con alambre: el Ejército de los Estados Unidos se negó a colaborar en las escenas bélicas y la parafernalia militar fue facilitada por la Guardia Nacional (3).
Klaatu tampoco fue el primer extraterrestre que vino, digamos, en son de paz. El hombre del planeta X (Edgar G. Ulmer, 1951) mostraba a un inmigrante cósmico pacífico, solitario y asustado. Tuvieron que pasar tres décadas para volver a ver alienígenas pacifistas o directamente crísticos. Si me apuran, me vienen en mente Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg, 1977), y su fina atención de devolver aviadores abducidos en el Triángulo de las Bermudas, E.T. (también de Spielberg, 1982), otra criatura perseguida y resurrecta, y Hombre mirando al Sudeste (Eliseo Subiela, 1986), con su marciano borderline aficionado a la música clásica, su psiquiatra Denis-Escariote que -creyéndolo más alienado que alienígena- lo dopa hasta la destrucción y su piadosa hermana, que acoge al extraterrestre moribundo entre sus brazos.


AY, ADAMSKI
La influencia de El día que la Tierra se detuvo en la subcultura ovni fue notable. La primera gran oleada de platos voladores -recordémoslo- había comenzado en 1947. Tres años después, el film de Wise contribuyó a diseminar el estereotipo del extraterrestre predicador. Klaatu, el mesías galáctico, iba a reencarnar en el ambiente de fans por los platos voladores pocos meses después. El 20 de noviembre de 1952, George Adamski, un místico polaco que atendía un restaurante cerca del observatorio de Monte Palomar, se encontró en el desierto californiano con un ser de cabellos largos y platinados. Orthon, como llamó al viajero de Venus, le hizo la misma advertencia que Klaatu: había que detener las explosiones nucleares porque podían afectar a otras civilizaciones. El ser, masculino pero hermoso como una mujer, descendió de su nave, le tendió la mano y sonrió. “Yo me sentía como un niño ante un ser superior, lleno de comprensión y de amor”, escribió (4).
Más tarde se supo que la filosofía venusina pregonada por Adamski era idéntica a la que difundía desde 1934, cuando fundó un monasterio, inspirado en los postulados de la Sociedad Teosófica de Helena Blavatsky, llamado Real Orden del Tíbet. También trascendió que había escrito Wisdom of the Masters of the Far East (La Sabiduría de los Maestros del Lejano Este, 1936) y una novela de ciencia ficción titulada Pioneers of Space: a Trip to the Moon, Mars and Venus (Pioneros del Espacio: Un viaje a la Luna, Marte y Venus, 1949). Antes de su encuentro con Orthon, Adamski afirmaba que los venusianos eran telépatas y describía una jerarquía religiosa de seres interplanetarios furiosamente teosófica (5). El contactado, que recorrió el mundo presentándose como embajador de los hermanos del espacio, tuvo seguidores, colegas y competidores. Adamski tuvo suerte, aunque le jugaron una mala pasada dos de sus debilidades: su pabellón femenino de fans, algunas de las cuales ventilaron sus mentirillas, y su compulsión por confeccionar “evidencias”: las fotografías y filmaciones que tomaba de las naves no salían perfectas. Hay que tener en cuenta que la ola de los platillos voladores recién comenzaba y todos, incluidos los charlatanes, eran principiantes. En una semblanza sobre Adamski, Richard Hall, un pionero de la ufología norteamericana, repasa estos datos y se pregunta: “¿Usted le compraría a este hombre un automóvil usado?” (6). La confiabilidad del contactado más famoso del mundo dejaba mucho que desear. Por lo demás, Klaatu no había necesitado contactarse con nadie antes de estacionar el platillo frente al Capitolio.

GORT, EL ROBOT
Desde mediados del siglo XX, e incluso más atrás, toda clase de extraterrestres han invadido la Tierra. Ciclópeos, robotoides, ameboides, bulbosos, cerebroformes, reptiloides, nebulares, y hasta invisibles. Sus objetivos, desde el comienzo, fueron militares: arrasar con la vida en el planeta. En El día que paralizaron la Tierra, el mensaje era “amaos los unos a los otros, porque de lo contrario la Confederación Interplanetaria hará tronar el escarmiento”. El aspecto de Klaatu, el policía galáctico, era humano y benevolente, incluso cuando su mensaje era amenazador. En la versión de 1951, los militares le disparan cuando confunden un obsequio con un arma. Gort, su fiel escudero, reacciona a la agresión desintegrando con su mirada láser el armamento terrestre. No toca un pelo a los militares y su perfil escalofriante solo queda en promesa: “Podría destruir la Tierra en un santiamén”, dirá Klaatu/Michael Rennie. En la remake protagonizada por Keanu Reeves, Gort es un monstruo apocalíptico sin la menor sensibilidad, lo cual no es sorprendente habida cuenta de que Klaatu declara de entrada que vino a salvar al planeta, no a sus habitantes. El cánon-catástrofe, después del 11-S, sufrió algunos cambios: el buen guionista se las debe arreglar para justificar escenas de destrucción ultraviolentas. Hay que superar a las del mundo real.
Comparar el cuento original de Harry Bates con las películas de Wise y Derrickson ayuda a entender cómo ha cambiado el mundo. En 1940, cuando Farewell to the Master (El amo ha muerto) se publicó en la revista Astounding Stories of Science Fiction, el temor a la guerra nuclear no se había generalizado. Faltaban cinco años para que los Estados Unidos bombardearan Japón, los platos voladores todavía no habían aterrizado y la conquista del espacio exterior seguía siendo un sueño de la ciencia ficción. En los albores de la Era Dorada del género, las historias sobre visitas de seres de otros mundos no estaban de moda: los otros eran los robots. En 1920, el escritor checo Karel Kapek había estrenado su obra teatral R.U.R. (Robots Universales Rossum) y, en 1926, Fritz Lang había echado a andar en Metropolis a María, la primera muñeca antropomorfa de la historia del cine. La pesadilla recurrente entre la nueva generación de escritores era que el hombre fuera esclavo de la máquina.
El protagonista de la historia de Bates era Cliff Sutherland, un periodista curioso que se había colado en el sector donde el gobierno custodiaba el objeto ovoidal, que “no es una nave espacial sino un vehículo espaciotemporal”, ya que no había venido del cielo sino que se había materializado súbitamente de la nada.
Klaatu, desde el comienzo, había sido asesinado y sepultado en un mausoleo. Gort, que se llamaba Gnut, estaba tan quietecito que aterrorizaba: su vida interior era algo que el cronista sólo sospechaba. Cliff descubre que sus ojos expresaban tristeza, compasión y otras emociones. Gnut era, a diferencia de sus secuelas, más humano que los humanos.
Era el amo.

KLAATU: ¿QUÉ PASÓ CON BARADA? ¿Y CON NITKO?
En la remake de El día que la Tierra se detuvo, Gort se deshace en millones de nanopirañas aéreas que carcomen como verdes ensolves todo lo que encuentran en el camino. Ni el menor rastro del carismático androide de Bates. En la nueva versión no vi ninguna alusión a una de las escenas más emocionantes del film de Robert Wise. Me refiero al momento en que Helen Benson (Patricia Neal), la heroína instruida por Klaatu, se acerca hasta Gort para transmitir el mensaje con que abortará el ataque extraterrestre y resucitará al profeta: Klaatu barada nikto. ¿Me la perdí? No sé si la nueva Benson (Jennifer Connelly), ahora astrobióloga de la Universidad de Princeton, pronunció las palabras mágicas cuando me quedé dormido. Si Derrickson se olvidó del detalle, Klaatu tiene razón: la Humanidad no merece otra oportunidad.

Notas

1) Aubeck, Chris. “El mesías intergaláctico”. En Cuadernos de Ufología Nº 32, 3ª Época, 2007. Editado por Fundación Anomalía. Pp. 54-63. Para defender esta tesis, Aubeck, celebrado historiador inglés de la cultura ovni, no se queda con las conocidas reflexiones del astrónomo y espiritista francés Camille Flammarion, autor de La Pluralité des mondes habités (1862). También rescata a la teología del Cristo extraterrestre del Reverendo Baden Powell (Essays on the Spirit of the Inductive Philosophy, 1855), un libro de Joya Campton (Testimony of the Heaven, 1857), y La Question de l’ Habitabilité des Mondes Etudiée au Point de Vue de l’ Histoire, de la Science, de la Raison et de la Foi (1900), de R.M. Jouan.

2) Gámez, Luis Alfonso. ‘Ultimátum a la Tierra’: el día que Jesús llegó de Marte. En el blog Magonia de El Correo Digital (Bilbao, 12/12/2008).

3) Todo lo contrario sucedió con otra pieza del cine alien de los cincuenta, Marte Planeta Rojo (Harry Horner, 1952). En este film, los marcianos envían a la Tierra un mensaje socialista (que resulta ser una falsificación soviética pergreñada por un científico nazi disidente), seguida por el mensaje de los “verdaderos marcianos”, éstos, como corresponde, adherentes a la libertad de mercado y gobernados por Dios en persona.

4) Noguez, Luis Ruiz. Adamski. En Marcianitos verdes.

5) Clark, Jerome. UFO Encyclopedia, The Emergence of a Phenomenon: UFOs from the Beginning through 1959 (Detroit: Omnigraphics, 1992).

6) Hall, Richard H. “A propósito de Adamski”. MUFON Ufo Journal nº 396 (2001). Traducido al español por Luis R. González

Enlaces

Página oficial de El día que la Tierra se detuvo.
Entrada de “Klaatu barada Nitko” en Wikipedia.

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