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Posts Tagged ‘Jorge Bergoglio’

El Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas adoptó el pasado 26 de marzo una resolución sobre “difamación religiosa” presentada por Pakistán en nombre de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI). Votaron a favor 23 países (naciones islámicas, Cuba, Nicaragua, Bolivia, China, Rusia, Sudáfrica, Nigeria y Egipto), en contra 11 países (Unión Europea, Canadá y Chile) y otros 13 se abstuvieron (Brasil, México, Uruguay, Japón, la India y la Argentina). “La difamación religiosa –dice la declaración– constituye un grave atentado contra la dignidad humana, lleva restringir la libertad religiosa, a la incitación al odio religioso y a la violencia”.

Algunos vislumbran una amenaza latente: que la resolución avale la persecución de ideas radicales y sus autores resulten censurados, reprimidos o picaneados en nombre de la O.N.U. Ok, a lo mejor no es para tanto. Pero el texto alcanza -como mínimo- para impedir a un artista dar rienda a su inspiración a partir de imaginería religiosa. Su derecho a expresarse estaría por debajo de una pretendida blasfemia. Porque eso significa “difamación religiosa”. Blasfemia –según la R.A.E.– es una “palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos”. Concepto maleable si los hay, máxime si el “difamador” es artista, humorista o intelectual. Esa gentuza.

A fines de 2004, León Ferrari presentó en una retrospectiva a su clásico Cristo crucificado en el bombardero, santos ardiendo en tostadoras eléctricas y vírgenes marías rodeadas de profilácticos. Un grupo de energúmenos comenzó a destruir la muestra al grito de “¡Viva Cristo Rey!”. Poco antes, el cardenal Jorge Bergoglio había considerado a su obra “una blasfemia”. En 2006, unas caricaturas de Mahoma publicadas por un diario danés desataron la ira de integristas islámicos.

Hay contraejemplos. El 11-S, tras la voladura de las Torres Gemelas, nació un mal planetario: identificar a los musulmanes con terroristas. La islamofobia propagó expresiones y actitudes racistas por doquier. Esa ola de prejuicios encendió la mecha de facciones islámicas extremistas. Olvidarse de esto sería -con perdón de la metáfora- una acción suicida. Pero no por temor a ofender al bueno de Alá sino porque se confundirían legítimos actos de sacrilegio intelectual con discriminación.

En el 2006, cuando la reacción por los dibujos de Mahoma animó a millones a mentar la madre de los musulmanes, le pedí opinión a un notable iconoclasta argentino. “La libertad de expresión incluye la de ofender, pero la convivencia pacífica requiere no ofender innecesariamente”, dijo Mario Bunge. Le pregunté lo mismo al antropólogo cántabro Ignacio Cabria. Para él, la libertad de expresión “es un mito como el de la virginidad de María”. En la práctica, se la invoca para defender la libertad de nuestra opinión. “Cuando se trata de la libertad de opinión del otro, no es opinión. Es apología del terrorismo, negación del holocausto, alarma social, enaltecimiento de la violencia, atentado a la moral pública u otras denominaciones del delito”. Es que pocos están dispuestos a jugarse a fondo. En los setenta, Noam Chomsky reclamó garantizar la libertad de expresión de Robert Faurisson, un profesor de literatura que negaba la existencia del Holocausto. “Si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en ella para nada”, escribió Chomsky.

El problema -me parece- no es la blasfemia sino la discriminación. ¿Hay un humor discriminatorio? Sí. ¿Hay un arte ofensivo? ¡Obviamente! ¿Hay que tomar medidas para impedir su propagación? Sí, ignorarlos. Juro que alcanza.

Mientras tanto, en un mundo donde dan misa sacerdotes pederastas, el Papa combate la única opción comprobada para prevenir el Sida y quedan países con mandatarios que alegan gobernar por voluntad divina, los discursos corrosivos no sólo son inevitables sino necesarios. Las miradas religiosas están condenadas a cruzarse mal con las visiones ateas, laicas o humanistas seculares, y viceversa: cuando los primeros sienten agraviada su fe, los segundos no verán motivos de ofensa sino actos de lesa justicia.

La O.N.U. -inútil cuando pudo parar el genocidio preventivo de Bush, supremo manantial de incitación al odio- ahora ofrece leyes para conjurar la “difamación religiosa”. Será cuestión de pensárselo un rato.

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