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Posts Tagged ‘Fernando Toledo’

Los colegas empezaron a leer Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina. ¿La verdad? No sabía que el libro iba a ser recibido con tanta benevolencia. Primero agradezco a mis primeros lectores. Mariana Comolli, por ejemplo, se hizo eco de la abducción de Catherine Fulop en Semanario cuando el libro todavía no estaba en la calle. Débora Goldstern me hizo una gran entrevista en su blog Crónica subterránea. También estuvo bárbaro el reportaje de Javier Sinay para Ciudad.com y Clarín, así como el de Mora Cordeu, de la agencia Telam, texto que publicaron varios medios de todo el país, como La Capital de Mar del Plata. También agradezco a Auri Gorosurreta y Maximiliano Sardi por permitirme explicar cómo reconocer invasores en la revista Hombre, aunque el precio haya sido disfrazarme del Capitán James Tiberius Kirk. Mil gracias, también, a los colegas Luis Alfonso Gámez, autor de la primera reseña de Invasores en Magonia, a los exagerados comentarios de Luis Ruiz Noguez en Marcianitos Verdes, a Abel Gilbert, de El Periódico, a la desmesurada apología de Diego Zúñiga en La Nave de los Locos y a las piadosas críticas de Rivera Westerberg, en Sur y Sur y Federico Kukso en Crítica de la Argentina (¡zafé con un 7, mami!). No voy a repetir la gratitud que siento hacia Mariana Guzzante, del diario Los Andes, y Fernando Toledo, de Diario Uno, por sus entrevistas cuando visité Mendoza. Otras noticias, como el amable comentario de Diego Rojas en Veintitrés, no están online. Por eso fueron a parar al archivo de Invasores en Flickr.

Lo que nunca imaginé fue el generoso despliegue que le iba a dedicar a Invasores el diario Página 12. La imagen que ilustra esta entrada –Abducción criolla– es la tapa del suple dominical Radar del 14 de junio. Bajo el título Los enanitos verdes, la entrevista de Juan Pablo Bertazza incluye un malherido recuadro sobre el trotskismo galáctico (una minbiografía de Homero Cristalli, el fundador del posadismo) y una cronología de los invasores, rápida sinopsis del libro que invito a leer a quienes no tienen la más pálida idea de lo que estoy hablando.

A todos, incluidos los programas de radio -y, a las perdidas, tevé- que le dieron al libro algo de aire, muchísimas gracias.

De paso, les recuerdo que Invasores tiene su propio blog.

De yapa, cierro con el último comunicado del Comandante Clomro. En casi diez minutos (paciencia…) explica por qué mantuvo su identidad en reserva y por qué decidió dar la cara en Invasores.

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Todavía seguía contentísimo por el recibimiento en Mendoza de Invasores. Varias entrevistas televisivas y radiales, la portada del suplemento espectáculos del diario Los Andes para una excelente nota de la colega Mariana Guzzante (ya traducida al inglés por Scott Corrales) y otra entrevista de Fernando Toledo en el Diario Uno. Pero, sobre todo, estaba feliz por celebrar el reencuentro con viejos y nuevos amigos: mis anfitriones de la Revista PPP (Pablito Lozano, Romina Cuqui, Beto Sabattini y Daniel Postizzi), el pastor-científico Fernando Saraví, mi madrina de la vida, Susana Tampieri, el amigazo Miguel Títiro y su esposa Ana, y el músico Rodo Castagnolo, la mejor herencia que recibí en vida de Nacho Cabria. Todos ellos, el domingo 31, estuvieron en la cantina Los Dos Amigos para escuchar la historia de Juan Carlos Peccinetti y Fernando Villegas, entre otras del libro. Los empleados del Casino de Mendoza, protagonistas de Mensaje de Ganímedes, sexto capítulo de Invasores, al final no vinieron. Me dieron razones atendibles. “Otra vez será”, dijo Peccinetti, quien acusó enfermedad. Villegas tenía mal a su mujer. Tras leer las entrevistas del domingo, me llamó para agradecer y acotó: “Eppur si muove”. Tampoco dio señales de vida Victorio Corradi, ufólogo oficial de la tierra del sol y del buen ovni. Sí vino el principal investigador del caso, el vicecomodoro retirado Luis Cunietti. El militar, cuando era teniente de la Fuerza Aérea Argentina, realizó una completa pesquisa a pedido de la Junta de Seguridad Aérea. Tras refrescar las conclusiones a las que llegó en su época, se perdió en recuerdos más bien humorísticos sobre sus persecuciones aéreas a unos enanitos verdes, como apoda la cultura menduca a los marcianos, cualquiera sea su raza o linaje. Un público participativo y atento coronó esa formidable noche.

FINAL DE UNA HISTORIA DE AMOR EXTRATERRESTRE
Pero la alegría es un don efímero. No bien pisé Buenos Aires recibí el llamado de Liliana Murga, hija de Martha Green, protagonista de Corazón partío, el capítulo que cierra mi libro sobre extraterrestres en la Argentina. Por si no leíste Invasores, esa mujer preciosa que ves en la foto me reveló que sus encuentros clandestinos con Enis, un científico procedente del planeta Ozonis, comenzaron cuando ella tenía treinta y tres años. En 1956, Martha seguía casada con Miguel Angel Murga, un militar peronista cuya carrera truncó la dictadura del general Pedro Eugenio Aramburu. Enis llevó a Martha a Ozonis y la invitó a quedarse.  Declinó la oferta: amaba demasiado a su marido y a su hija Liliana, de apenas un año. Tras su primer y único parto, una enfermedad congénita le impidió traer más hijos al mundo. A éste. Porque Martha concibió dos hijos más en el otro. Ella nunca consideró que su relación con el alienígena fuera un caso de infidelidad. “Eso sucedía en otro plano, en otra dimensión”, se justificó. Cuando confesó su verdad a Miguel Angel, su esposo, él no le reprochó nada. Al contrario, la mimó más, se interesó en sus manuscritos y le ayudó a registrarlos. El destino le iba a reservar otras adhesiones, como la de su segundo marido en la Tierra, la de su propia hija y tal vez la de los lectores de Ozonis, en algún lugar del Universo (Ediciones Silzú, 1998), único libro publicado de los dos que le dedicó a su experiencia, que ya se ha traducido al italiano y se conoce hasta en el Japón.
Guardé el relato del secreto romance entre Martha y Enis para el final de Invasores porque quise premiar al lector que entendió que valía la pena avanzar: es la historia más fantástica del libro. Tan fantástica que Martha conocía mejor que nadie sus efectos. “Creer en una cosa así es muy difícil”, me dijo, mientras sus ojitos verdes entraban en órbita rápida y yo estudiaba sus huesitos delgados, arrumbados en el sillón del geriátrico. Sin embargo, no hay incredulidad que impida disfrutar de su historia, que es la historia de la lucha solitaria de una mujer por volver creíble lo increíble.
Liliana, su hija, me había llamado para darme la noticia de su partida. Martha Green, seudónimo de Marta Rodríguez, autora de la más sorprendente autobiografía de una mujer sobre su relación con un extraterrestre, había fallecido el martes 2 de junio, a las 8 AM.
Liliana me contó que le llegó a leer el capítulo de mi libro. Martha le pidió que lo hiciera varias veces, como si quisiera asegurarse de la precisión de mi versión de su vida. Sí, lloré. Claro que lloré. También porque supe que ya no iba a volver a escuchar las historias de esta abuela dulce y hermosa. Por su hija supe que la vida de Martha tuvo momentos dolorosos. Pero sus experiencias -con las que nunca pretendió lucrar- le otorgaron una dimensión diferente. Sus viajes -hayan sido al espacio exterior o interior- fueron un escalón empinado y transgresor en su singular búsqueda de la felicidad.

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