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El pasado lunes 8 de marzo, Magia Crítica desapareció de su soporte natural (el medio que me lo encargó, Crítica de la Argentina). ¿Cuál fue el detonante? Tuve la indecencia de preguntar a Nerina Sturgeon, jefa de la edición digital del diario, si “contaba con ella” para influir en la gerencia de la empresa, Papel 2.0, para recuperar el sueldo que solía pagarme por hacer esta tarea.

Su respuesta fue inmediata. Digo más: tal vez, nunca recibí de su parte una respuesta tan veloz: ni Fumanchú hubiese desmaterializado un blog con la misma celeridad. Delete, ¡pum!, y a otra cosa: no hay mejor muerto que el privado de decir sus últimas palabras.

Me resulta imposible saber si, cuando borró Magia Crítica del Directorio de Blogs de Crítica de la Argentina, Sturgeon se sintió poderosa. Pero sé que eliminar de un plumazo un reclamo fastidioso causa placer entre ciertos espíritus morbosos, que disfrutan de unas facultades absolutamente temporarias y susceptibles de renovación, como lo son los puestos jerárquicos en los medios periodísticos.
Quienes trabajan en Internet saben que la memoria de la red también es poderosa. Desde hoy, Sturgeon cargará con el estigma de haber liquidado sin contemplaciones un blog del diario porque consideró “pseudoamenazante” un modesto reclamo salarial.

En estas circunstancias sería mucho más fácil y espontáneo para mí soltar a los diablitos que se me amontonan en la punta de la lengua. Pero si lo hiciera, quebraría la línea que mantuve desde diciembre de 2008, cuando comencé a hacer Magia Crítica.

Desde luego, moderar calificativos hacia unos no me exime de expresar mis propios sentimientos. Voy a mencionar uno: sentirme ultrajado cuando fui privado de la posibilidad de despedirme de los lectores del blog.
Hasta el sentenciado frente al pelotón de fusilamiento tiene derecho a un último deseo.
Sturgeon ni siquiera me permitió decir chau.
Por suerte, los 171 artículos generados a lo largo de 14 meses de trabajo están a salvo: Max Seifert, un amigo ajeno al diario, los acaba de rescatar en este blog.

LA TRASTIENDA. Si alguien quiere conocer más detalles, sólo puedo prometer una tediosa crónica sobre pequeñas miserias humanas. Trataré de ser sintético: dejé de recibir mi sueldo en septiembre de 2009. El despido fue por mail. En aquel texto, Sturgeon anunciaba que desde octubre “el sistema pago” no corría más para aquellos blogs que no recibían una X cantidad de visitas.
Para entonces, habían pasado nueve meses del inicio de Magia Crítica. Ya había publicado más de medio centenar de notas, suficientes para resguardar mis derechos indemnizatorios. Para el Estatuto del Periodista, yo, como colaborador, soy parte (olvidada, minimizada, patadoculeada, pero parte al fin) de la redacción de Crítica Digital.
En ese momento elegí no invocar mis derechos. Creí que así iba a defender a un blog que me encantaba hacer. Pero también sentí una enorme curiosidad por saber cómo continuaba la historia: haber recibido un “telegrama de despido virtual” era para mí toda una novedad.
Interesado en cómo seguía el asunto, le pedí a Sturgeon una reunión. Tras largas dilaciones me recibió. La situación le resultaba incómoda y se le notaba. Me informó que la empresa se reservaba el derecho de decidir cuál blog seguía y cuál no y Magia Crítica estaba entre los que no.
“¿Y entonces?”, dije. “Y entonces nada, si te sirve quedarte, quedate, pero desde octubre no recibimos más facturas tuyas”.
Trabajar gratis no estuvo entre mis planes. Nunca iba a aceptar, nunca acepté, tales condiciones. Por eso le pedí independencia para administrar el blog, la disponibilidad técnica para añadir banners publicitarios o, llegado el caso, la posibilidad de irme con el blog a otra parte. Semanas después en la empresa se desató un largo conflicto: éramos decenas los colaboradores sin cobrar.  El desprecio patronal por el sector más débil empezó a patear a los trabajadores. Unos perdieron por cansancio, otros siguen luchando. Parte de esa legión de desclasados, participé en los intentos por hacer reaccionar a la empresa:  financiar la salida de un diario en base al hambre o el endeudamiento de quienes lo hacen remonta a sus gerentes a las nubes de la canallada.
Mientras mi pedido no era escuchado, yo seguí mi rutina actualizando Magia Crítica.
Papel 2.0, por su parte, siguió agregando avisos de los anunciantes del diario.

EL CUCO DE LOS BLOGGERS.
Pese a que los salarios atrasados ni las respuestas llegaban, me distrajo la ilusión de suponer que Magia Crítica había pasado a ser un “mal necesario”. De hecho, era uno de los pocos blogs del diario que se actualizaba hasta tres veces por semana y no parecía que lo hubiesen “tolerado”, ya que sus titulares comenzaron a aparecer con frecuencia en la home del diario. Durante ese lapso hice lo posible por olvidar una larga tradición de maltrato, mentiras e indiferencia.

Pero no, resulta que Sturgeon creyó que yo estaba dispuesto a trabajar gratis para la empresa que -sin ser accionista- defiende a pisotones.

(Y abro aquí un paréntesis: en una nota publicada en Crítica de la Argentina el 11 de octubre de 2009, El cuco del periodismo digital, Sturgeon parecía lamentar que “las redacciones digitales son el desván de las grandes redacciones”, las cuales “suelen ser vistas como el mal necesario que llegó de la mano de la expansión de las nuevas economías y tecnologías”. Según esa escuela de pensamiento, ¿qué vendrían a ser los blogs de los medios digitales? ¿El baño de servicio? En la misma nota, Sturgeon cita a Washington Uranga, ex director de la Maestría de Periodismo de la UBA, quien en un foro exigió un análisis sobre “el proceso de precarización de las condiciones laborales de los periodistas, en particular aquellos que participan en medios digitales”. Es llamativo comprobar cómo la discontinuidad entre lo que se dice y lo que se hace malogra el prestigio de colegas que hubiesen hecho mejor negocio cerrando el pico.)

Algunos medios en papel –los grandes y, como se advierte, también los que están en vías de extinción- han inventado la modalidad según la cual se permiten incorporar periodistas para escribir blogs temáticos sin costo. “Es una vidriera para mostrar tu trabajo”, pretenden.

Los editores que reclutan mano de obra gratuita para generar contenido han dejado de ser periodistas. El empresario más negrero sabe que hasta los pasantes deben ser remunerados. Y la piolada de los serviles paga con el repudio de quienes fueron sus compañeros.

CRÍTICA MAYA. También podría hablar un buen rato de la precarización del blogger periodístico, pero podría agregar mucho más sobre la insensibilidad, la mediocridad y las agachadas de los editores que se creen campeones del profesionalismo desgraciándose en las conquistas gremiales de los periodistas. Que para más Inri asumen con torpeza la urgencia de ganar lectores a cualquier precio.

Es que, para toda una generación de alcornoques, la vara del “nuevo periodismo” parece ser el Google Analytics.

Mención aparte merecen los dispositivos contadores de visitas que sólo pueden ser monitoreados por los editores -y excepcionalmente por los autores-. Como muchos saben, hace muchos años que la UTPBA es una burocracia impávida frente a la destrucción de los puestos de trabajo. Si los trabajadores de prensa tuvieramos quienes nos defendieran, este recurso tecnológico introduce una variante nada considerada por quienes deberían vigilar los atropellos que cometen las empresas periodísticas y sus disciplinados amanuenses. Para ellos, noticias, titulares e imágenes son mera mercancía. El único horizonte en sus agendas es negociar con masas o masitas de lectores a quienes consideran cotos de caza (en las reuniones de sumario los deben llamar target cautivo). En suma, que la disposición de una empresa periodística a pagar por una tarea dependa del número de lectores menoscaba y degrada a la tarea del comunicador. Ningún periodista comprometido con su oficio debería ser despedido porque sus notas reciben “pocas visitas”. Y si lo es, a hacerse cargo. La excomunión del “redactor poco leído” tampoco figura en los códigos de ética periodística.

Por lo demás, los editores mimetizados con las empresas deberían recordar que existe algo llamado período de prueba: si durante ese lapso el contratista “olvida” quitarse un clavo de encima, no les queda otra que afrontar sus responsabilidades cuando “descubren” tarde que el rendimiento de ciertos trabajadores es insuficiente.

La afluencia de seguidores de Magia Crítica sin duda no reventaba los servidores. La empresa podría haber invitado a su autor a cuarteles de invierno: “prueba no superada”. Tuvo tiempo para hacerlo y no lo hizo. ¿Qué gana pisoteando nuestros derechos? Solamente tiempo.

Termino con una apelación al respeto intelectual por el lector que imagino de un diario como el que cobijó a mi blog.

Algunos medios eligen contenidos que, si bien no generan tanto rating, buscan lectores curiosos y exigentes. En suma, lectores que esperan un tratamiento crítico de la realidad.
Otros medios buscan aficionados al Calendario Maya.
Me pregunto si los fundadores de Crítica de la Argentina tuvieron en mente a ese tipo de lectores cuando bautizaron al diario “Crítica”.

Gracias a los que me siguieron hasta acá. Volveremos.

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Soy agnóstico, pero tengo rituales. Uno de ellos es almorzar al menos una vez al mes con mi amigo, el escritor Daniel Riera. Este mediodía hablamos, entre otras cosas, de pelotudos. Los que más bronca me dan, le dije, son los latentes. Uno se autoengaña: tiene que darse alguna situación -un diálogo, una idea, un conflicto- para descubrirlos. A veces lleva cierto tiempo darse cuenta.
De regreso a casa recordé a Fontanarrosa. De cuando en el Congreso Internacional de la Lengua develó el secreto de la fuerza de la palabra pelotudo. También recordé mi propia resistencia a usar el adjetivo cuando me referí a unas sonadas declaraciones de José Pablo Feinmann. El escritor había dicho: “cualquier pelotudo tiene bloc” (sic). El epíteto me pareció elitista y petulante. Pero, sobre todo, excesivo. Tanto que en mi comentario lo reemplacé por “boludo”. Y “bloc” por “blog”. En fin, cosas de uno.

EL EFECTO BUMERANG. El tema me llevó a otra reflexión. Los insultos muy agresivos tienen un efecto kármico; para usarlos, tenés que estar seguro de que el sayo no te cabe: te puede pegar en la nuca.
De regreso a casa también pensaba en releer una nota cuyo enlace me envió Diego Golombek, doctor en Biología, escritor y voz cantante del dignísimo Proyecto G, el programa que emite Canal Encuentro.
El artículo, titulado El triunfo de la virtualidad absoluta, publicado en Página/12 el pasado 20 de julio, es una de las defensas más vehementes jamás escritas sobre el “engaño lunar”. Su autor, en nombre de “su amigo”, el finado Jean Baudrillard, dice que con la noticia del alunizaje “triunfó el show sobre la realidad”.
Esa nota constituye una paradoja perfecta de la “virtualidad” que denuncia el columnista: inventa una escenografía surrealista –acaso inspirada en la parodia Operación Luna– sobre cómo el poder tramó un falso alunizaje para llegar a la siguiente conclusión:

“Señores, ustedes no fueron a la Luna y eso me parece mucho más admirable que si mediocremente, realmente, sumidos en la tosca realidad-real hubieran ido. Pero no fueron. Crearon todo el gran relato. Demostraron que la entera humanidad puede ser engañada. Crearon la nueva era. La del poder de lo virtual mediático.” (Leer aquí la nota completa).

Hacia el final, el articulista asegura que están dadas las condiciones para que, en el 2011, Francisco De Narváez “dé su discurso de final de campaña desde Saturno”, ya que este señor, a quien vislumbra dueño de las nuevas tecnologías comunicacionales, “será Dios”. Y todo el mundo le creerá.
El paciente lector se preguntará a quién pertenecen conclusiones que subestiman tan profundamente la inteligencia popular. Bien: su autor es el mismísimo filósofo presidencial, José Pablo Feinmann.
El efecto bumerang se había cobrado una nueva víctima.

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