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Posts Tagged ‘Aníbal Uset’

El 25 de mayo se celebró en todo el mundo el Día del Orgullo Friki. No sin cierta consternación, he detectado que Che OVNI (Anibal Uset, 1968) no figura entre las cien películas más frikis de la historia. Denuncio la escandalosa omisión. A la vez, ofrezco -para deleite de otros frikis como yo- una versión resumida (cortesía del amigo Jorge Gentile) del extraordinario film. Fue Mariana Comolli la periodista que adelantó -desde la revista Semanario– la conexión oculta entre la comedia (protagonizada por Jorge Sobral, Javier Portales, Marcela López Rey y Juan Carlos Altavista, entre otras figuras) y la teleportación del matrimonio Vidal, la leyenda más divertida que cuento en INVASORES, historias reales de los extraterrestres en la Argentina. (Bueno, también agrego otros detalles en la “entrevista para entendidos” que me hizo Débora Goldstern en su blog Crónica Subterránea.)

También se cumplieron treinta años del estreno de una gloria friki hollywoodense: Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). De la que ya hay rumores de precuela. A la izquierda, afiche promocional de Alien vs. Alf. La imagen corresponde a la escena cumbre, que algunos han considerado “la película de ciencia ficción más corta de la historia”.

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Tengo un lector de otro mundo fascinado con Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina, el libro que presento el jueves 7 de mayo a las 19,30 hs. en Palermo. Mi amigo alienígena no asistirá. No viene, y no es por timidez. Él ahora vive en México. Hace años se estableció allí en busca de aires más gentiles, menos tóxicos. Mi amigo exoplanetario descubrió en Monterrey plazas libres de la amenaza de la gripe argentina. Luego plantó su telescopio para mostrar el cielo a los paseantes por unos billetes. De algo hay que vivir. Y él vive de hablar de las estrellas.

CONFESIÓN. El tipo que en la televisión de Argentina, Chile, México, y en toda la web se hizo conocido como Comandante Clomro, me quiere. Tanto que subió a Youtube el collage audiovisual que -no sin cierto pudor- publico acá abajo.

El extraterrestre en cuestión tiene otras razones para estar contento. Vivió enmascarado por años y, para Invasores, me reveló la secreta historia de su comandancia. Sin macanas. Sin vueltas. Sin pasamontañas. Este forajido tierno como turrón italiano adorna el panteón de criaturas entrañables que entrevisté para mi libro. Donde también hay espiritistas exitosos, ufólogos que descubren lo que buscan, amantes de seres del espacio, visionarios perseguidos por la Iglesia, héroes telúricos a quienes se les impregnaron superpoderes alienígenas y espíritus cósmicos inquietos pero felices en sus encarnaduras terrestres.

Se supone que -para atraer la voluntad del lector- debería decir que acopié sus testimonios para hacer reaccionar a un mundo incrédulo. Que tropecé con verdades espeluznantes que pujaban por emerger. Que el libro es un llamado al despertar de la Humanidad. Que ahora sé por qué el Hombre asciende a otro nivel de consciencia. Pero mis ilusiones son otras. Para empezar, son infinitamente modestas. En Invasores quise reconstruir la biografía de testigos, contactados y abducidos para conocer mejor a la Tierra. Quise descubrir a su gente. Quise reflejar qué vivieron para hacer lo que hicieron, por qué llegaron a ser lo que son y qué vida vivió esta pléyade de terráqueos que jura haber sido guiada por inteligencias del cosmos. Ese fue mi horizonte. Eché demasiadas raíces en este planeta como para pretender zambullirme en los misterios del espacio exterior. Hay viajes más cortos y sin embargo, tanto más reveladores. El espacio interior tiene sus honduras. Teleportaciones instantáneas como la de Catherine Fulop -protagonista de otra insólita ramificación del film Che Ovni (Uset, 1968)- son un ejemplo revelador. La venezolana vivió su experiencia con alegría tanto cuando se sintió abducida por extraterrestres como cuando supo que había sido engañada. Catherine nunca dejó de disfrutar.

HAY UN ET EN MI VIDA. Lo digo ya mismo: el Comandante Clomro es único. No hay dos. Él lo sabe. Antes de arrepentirse otra vez, el enmascarado se confiesa. Así, me contó por qué reescribió su vida. Por qué, en ese trance, inventó un género: el de la historieta viva. Y me explicó el sentido de su misión. A veces, alcanzar su objetivo fue imposible. O frustrante. Y el tema fue la soledad. Otras veces cabalgó iniciativas fascinantes y hasta glamorosas. Porque Clomro fue el Zorro en un mundo lleno de Diegos de la Vega. Aunque esa dualidad -para él- no supone ninguna contradicción: el burgués que luchaba por los desposeídos es un “complemento inteligente de los extremos” en un mundo más bien lleno de gente que no es ni el Zorro ni Diego de la Vega. También protagonizó epopeyas, como la de desafiar al mismísimo comandante Ashtar Sheran, o trabajar para construir otro mundo en la Tierra.
Conocí a Clomro años antes de que se presentara en Frente a Frente, un talk-show conducido por Alejandro Rial que produje en el canal América allá por 1997. Fue entonces cuando anunció ante la incredulidad universal que su cuerpo había sido ocupado por un ser de otro planeta. Pero cuando nos conocimos él acababa de salir del Lineamiento Universal Superior (L.U.S.), uno de esos grupos extravagantes que -para asustar al profano- llamamos sectas. Harto de vivir en la gama del gris, Clomro dio a su vida un giro copernicano. Y volcó. Primero, apartándose del Lado Oscuro. Después, mudándose a la colorida cultura azteca. Mientras en la Argentina sus apariciones eran premiadas por su condición de fetiche bizarro, las fuerzas de la cibercultura lo ungieron Primer Trashumante Galáctico. Y el loser devino ganador.
Clomro me tiene algo idealizado. Me cree ángel y demonio, colega alienígena y encarnación argentina de David Vicent. Clomro -en rigor, el hombre detrás de la capucha- parece no darse cuenta que yo he dejado de perseguir a los invasores. Nadie persigue a lo que ama, y yo amo a los invasores.


Mi libro no advierte sobre el avance de las tropas del espacio ni agita temores sobre el advenimiento de una pavorosa religión estelar. Es más, no alerta sobre peligro alguno. El título ironiza sobre la mala prensa que tienen ciertas razas alienígenas agazapadas en los zaguanes de la cultura popular. Los extraterrestres y sus aliados, los que rescata Invasores, son de otra madera. Se parecen más a los cartoneros, a los piqueteros o a los predicadores de plaza Miserere que a los charlatanes pitucos, o a los famosos embajadores cósmicos que exudan de lejos su mala entraña. Los míos son buena gente. Comulgan con una religión sin oropeles. Ocupan espacios sociales marginales, pero a los que llenan de sentido. Descifrar el significado de sus actividades en la Tierra es tarea que no me compete a mí solamente, por eso me gustaría que el libro tuviera lectores. Y si son comunicativos, tanto mejor.
DESACRALIZAR SOMBRAS “Si ellos, los extraterrestres, planean visitarnos, o bien en son de paz, o bien para invadirnos, este libro puede resultarles muy útil para conocernos”, escribió Daniel Riera, autor de uno de los dos prólogos del libro. Nunca le agradeceré lo suficiente a Dany porque explica el sentido de Invasores mejor que yo mismo. Mi necesidad por la bendición del maestro me llevó a pedir unas líneas a Pablo Capanna, insigne filósofo de la ciencia y teórico de la ciencia ficción. Escribió otro texto –Ward y los Kandinski– que se convirtió en el segundo prólogo del libro.
Para mí, las vírgenes o los cristos de yeso que lloran sangre enseñan más sobre la condición humana que el misticismo de cartón pintado de las catedrales. De igual modo, un paisano que cuenta con cara de susto que un plato volador le robó el teléfono móvil, o el ufólogo que usó varillas de radiestesia para encontrarlo, dicen más sobre lo que representan los extraterrestres en la vida cotidiana que lo que puedan contar los exoantropólogos del Proyecto SETI.
Todos nos podemos asustar de una sombra. Incluso cuando ignoramos que la sombra es proyectada por un maniquí, la sensación de desamparo es la misma. Entre esas fronteras difíciles de discernir -dentro de esa nebulosa ambigüa- suceden los fenómenos más perturbadores que denuncia Invasores. Si alguien conoce otros ejemplos, me encantaría escucharlos. Quién sabe, a lo mejor continuará…

Blog de Invasores-ellibro

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Ya pasaron tres años desde que decidí irme de Editorial Perfil. Allí, en el edificio de Chacabuco y Diagonal Sur, custodiado por la mirada severa y olvidada de José Luis Cabezas, había pasado diez años de mi vida. También pasaron otras cosas. Amores de pasillo, amigos entrañables, hastíos inimaginables. El lector disculpará que confíe ciertas desdichas, sólo ruego considerar que pasé diez años ahí metido. En Perfil fui secretario de redacción de la revista Descubrir, edité los coleccionables de Noticias, cubrí las Asambleas Populares para El Cacerolazo de Andrés Cascioli y lanzamos al mercado la revista masculina Hombre (juro que al principio era menos chancha).
El último lanzamiento fue NEO. Hacer una publicación atractiva sobre ciencia y tecnología fue todo un desafío. Alejandra Folgarait, Fernanda Mel, Sebastián Catalano, Verónica Engler, Nilda Martínez, Victoria Arias y más de veinte colaboradores fueron parte de aquella aventura memorable.
Concluido el ciclo en Perfil, me dije: “Bué, ahora tengo que terminar alguno de los libros que tengo empezados.” Por eso, cuando nos juntamos con Pablo Avelluto, gerente de Editorial Sudamericana, llevé cuatro carpetas. Ninguna de ellas era Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina, título de mi primer libro, que sale el 1º de Mayo.

ETNOGRAFÍA FREAK. La consigna de Avelluto fue clara: “Quiero que escribas diez historias increíbles sobre ovnis”. Yo había ido con otras ideas. Quería completar mis apuntes sobre gurúes de cultos exóticos, una guía para orientar al consumidor de falsas ciencias o pulir mi bitácora de encuentros con freaks. No quería saber nada con los ovnis. Tenía unas cuantas perlas cultivadas, pero ya le había dedicado demasiados años al asunto. Quería mirar hacia otro lado. “Con todo lo que escribiste sobre el tema alcanza, revisalo y rearmalo”, me dijo el editor.

“Revisalo y rearmalo”. Decir eso es fácil. Otra hacerlo. Para mí, era empezar de cero. Y así empezó el libro, casi como una misión. A mitad de camino entre la arqueología y la cruzada apostólica. Tenía que reinvestigar las mejores historias. Deshojar recortes de diarios amarillos, quebradizos. Hamacarme en archivos ajenos y lejanos. Buscar gente que no sabía si vivía. Llamar a Dios y María Santísima.

La obra requería hacer, por lo menos, cincuenta entrevistas. Flor de laburo. Varias veces estuve por desertar. Gracias a la nostalgia, que con la curiosidad son las únicas consejeras internas que te empujan hacia el futuro, me entusiasmé; junté coraje y me embarqué en una investigación frenética. Empecé a revisar carpetas viejas, a llamar a la gente, a viajar. Pero como en realidad nadie me corría, entré en cada historia despacito, yendo no por autopista sino por colectora. Viajar, conversar y explorar los recodos maravillosos de los seres humanos fue también redescubrir el placer de la crónica. Andar por sus lugares le da gustito y color a sus vidas. Al cabo de un año y medio tuve catorce historias inéditas. Me costó seleccionar diez y quedaron once. Todas me atraparon por igual. ¿Por qué? No elegí ninguna que no mereciera una película. Ese fue el lema que perseguí durante el proceso extravagante, obsesivo y delicioso cuyo resultado estará en pocos días en las librerías.

OVNI AL PASADO. Cuando en 2008 regresé a Victoria, Entre Ríos, todo había cambiado. En 1991, cubrí la historia para la revista Conocer y Saber (luego Conozca Más). Por entonces los ovnis estaban vivos. Dieciséis años después había un Museo, el Museo Ovni de Victoria, y una mujer, Silvia Pérez Simondini. Ella y su adorada hija, Andrea, me llevaron al cerro La Matanza a ver entre las estrellas luces a las que llamaron ovnis y las vi, pero juro que fue más esclarecedor notar que la vida de Silvia merecía un capítulo íntegro.
Otras dos vidas, la de dos hermanos espiritistas, Jorge y Napy Duclout, se fundían con los orígenes del culto extraterrestre en la Argentina. El único familiar vivo residía en una casucha al pie de la Cordillera de los Andes, en Santiago de Chile y fui, acompañado por el periodista Diego Zúñiga.

Pablo Kittl Duclout, físico-matemático de la Universidad de Chile, me abrió los ojos al fascinante destino de sus tíos, protagonistas del primer avistaje anunciado de un plato volador desde la azotea del edificio Kavanagh, en 1954. Estos seres venían de Ganímedes, la mayor luna de Júpiter. Dos años antes un espíritu les reveló la existencia de una tecnología superior. Tan extraordinarias fueron aquellas revelaciones que inspiraron a Napy para que filmara la primera película argentina en 3D, “Buenos Aires en relieve” (1954).
Una vieja fijación por el caso Vidal, la aventura del matrimonio teleportado desde Chascomús a México, me absorbió durante meses. Horas de charla con Anibal Uset, director de Che Ovni, el primer cineasta argentino que viajó por el mundo para rodar una comedia basada en lo que se rumoreaba sobre los extraterrestres en los años sesenta, y otras tantas con Martín Rappallini, por entonces un joven escribano acusado de silenciar la verdad sobre la legendaria abducción matrimonial, justificaron otro capítulo. El Muñeco Mateyko, Pipo Mancera, Javier Portales, Cuchuflito, Jorge Sobral, Marcela López Rey, Erika Wallner y Perla Caron fueron las estrellas de la versión cinematográfica de la historia. ¿Una reliquia? Y, sí. La odisea olió a rancio hasta cuando supe que Catherine Fulop, en los noventa, había protagonizado una curiosa remake. En España ella también había sido convencida de haber sido teleportada por extraterrestres.

LO MEJOR YA FUE. Viajé a Mendoza y Mar del Plata para reencontrarme con Villegas y Peccinetti, los empleados del Casino que una madrugada de 1968 no llegaron a casa porque fueron interceptados por cinco humanoides y su nave. Otra historia fabulosa. Porque, en el paso a paso, me hizo sufrir, me hizo reír y también me quise morir. Las visiones del chupacabras y la oleada de mutilaciones de ganado secuestraron mi atención en Santa Rosa, La Pampa, y ya que estaba reconstruí la saga del chacarero a quien un ovni le chupó el celular. También me sumergí en la epopeya de don Francisco García, el “marciano por parte de madre” que en 1973 anunció el descenso de 50 naves (50, ni 49 ni 51) sobre la Laguna de Chascomús. Mis nebulosos recuerdos de la entrevista que le hicieron en Teleshow me eyectaron a Chascomús, adónde fui a verificar si en el Club de Pescadores seguía el balcón desde donde quisieron tirar al gurú cuando las naves no aparecieron, y volví sobre la pista de Normando Anuar Busefi, compañero de profecías de García y ahora exiliado en la habitación de un hospicio, convertida en Cuartel General del Universo.

Anduve por los parajes donde un vagabundo galáctico se encapuchó para decir que él -el afamado Comandante Clomro– es la encarnación de un ser de otro mundo. Una noticia: aunque no lo busqué ni lo esperaba, me reveló un secreto y su identidad, hasta ayer inexpugnable. También visité el geriátrico donde se hospeda Martha Green, una anciana hermosa que en los cincuenta fue arrebatada de la Tierra por Enis, su amante de otra dimensión, mientras su esposo -un militar peronista- era acosado por la dictadura de Aramburu.

Qué quieren que les diga: vivir, investigar y escribir las historias que son parte de Invasores fue una de las cosas más entretenidas que hice en mi vida. También fue una experiencia reveladora. Escribir es investigar, pensar, atar cabos, descubrir. Ahora parece que el libro tendrá lectores. Para ellos leerlo será… ¿Qué será? ¿Qué sucederá? Ni idea, ese es otro misterio pendiente. Pero prometo que no me va a importar, y no me va a importar porque lo mejor ya pasó. Lo mejor fue hacer Invasores y ahora poder pensar en las invasiones que siguen.

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