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Posts Tagged ‘Diego Zúñiga’


Un usuario de Youtube registró con su celular el momento en que la tierra comenzó a temblar.

A las 3.34 horas, cuando la tierra se estremeció, mi amigo Diego Zúñiga, periodista de Las Últimas Noticias, estaba fuera de su casa.
“Imaginarás que todo se movía de manera impresionante. Se cayó una repisa con libros. El terremoto fue eterno. Luego nos quedamos sin teléfono móvil y sin luz, así que quedé sin comunicación con mis hermanos, que estaban solos en casa. Preocupado, caminé hasta mi casa, a unos ocho kilómetros. La ciudad estaba a oscuras. Como era de esperar, en el camino me asaltaron y me robaron un poco de dinero y un celular. Al menos mis hermanos estaban bien. Sorprendidos, además. Es su primer terremoto y es mi segundo asalto.”

Diego ZúñigaEn medio de las primeras doce horas de pánico, cuando las réplicas no habían cesado, el diario español El Correo publicó una vívida crónica de Diego sobre las horas que siguieron. Reproduzco algunos párrafos:
“Recuerde alejarse de los vidrios, que pueden explotar. No olvide ubicarse bajo la zona más sólida de su domicilio. Si alcanza, corte la luz. Nunca corra, nunca escape como enajenado; el terremoto está en todas partes. Siguiendo esas premisas básicas, la calle se llena de gente. No se ve nada, Santiago está sin luz, como sin luz quedaron otras ciudades como Concepción –la más afectada con el movimiento telúrico–, o Viña del Mar, repleta de turistas disfrutando sus últimos días de descanso y del Festival de la Canción (…) Las personas se aglomeran en las esquinas, mirando cómo los semáforos han muerto, los autos tocan las bocinas y los celulares dejan de llamar para convertirse en meros objetos decorativos. (…). Las antiguas iglesias de la ciudad padecen los horrores más evidentes. La de los Sacramentinos ya no ostenta parte de su estilo románico. Abajo, en la calle, los escombros impiden el paso de los autos. En Providencia, camino hacia la precordillera santiaguina, la iglesia de la Divina Providencia pierde su campanario, que cae sobre una transitada avenida, sin causar heridos.”

Son algunas de las primeras líneas que la prensa chilena escribe sobre una de sus más terribles tragedias naturales. El terremoto del sábado ya es considerado uno de los ocho sismos más violentos de la Historia. Si el colapso no fue mayor fue porque en Chile casi todas las edificaciones son antisísmicas. Haití no corrió la misma suerte.

El astronauta japonés Soichi Noguchi tomó una foto de Concepción desde el espacio: “Estamos rezando por ustedes”

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El lanzamiento de Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina tuvo efectos colaterales, la mayoría de ellos felices, otros no tanto. Eso sí, casi todos fueron divertidos. De las entrevistas radiales, dos se destacan de las demás. Los motivos también son dos:  fueron realizadas por dos entusiastas lectores del libro, Luis Alfonso Gámez (en el espacio que tiene con Javier San Martín en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, España), y Yohanan Díaz (Punto Cero Radio, México), y ambas también se pueden escuchar online.
La nota de Luis Alfonso surgió a partir de una polémica que se desató en España. El colega de El Correo me llamó interesado en nuestra revisión del famoso caso del cabo Armando Valdés Garrido, un militar chileno que, hace poco más de treinta años, declaró haber sufrido una experiencia de “tiempo perdido” durante una guardia nocturna en Pampa Lluscuma, cerca de Putre, en el norte de Chile.
Brevemente, el 25 de abril de 1977 Valdés pasaba la noche con siete conscriptos refugiándose del frío en una caballeriza. La histeria de esa madrugada comenzó cuando vieron una, luego dos luces que no lograron identificar. Valdés fue hacia la luz y desapareció 15 minutos. Luego regresó en una suerte de trance, balbuceando “Ustedes nunca sabrán quiénes somos ni de dónde venimos, pero pronto volveremos”. Horas después, los soldados descubrieron que su barba estaba crecida y el reloj adelantaba cinco días. Esta increíble historia -repleta de detalles novelescos, ahora imposibles de desarrollar- iba a ser parte de Invasores, pero quedó fuera cuando el libro quedó acotado a historias argentinas.

¡QUÉ MENTIROSOTE, IKER! Hace algunas semanas, el cabo Valdés fue entrevistado “en exclusiva” por Iker Jiménez en su programa Cuarto Milenio. En las promociones y cada vez que pudo, Jiménez dijo que la suya era “la primera entrevista en una década”. Para llevar su charla hacia donde le interesaba hizo lo posible por adobar el misterio, como suplicando a Valdés que conservara la versión que tanto jugo dio durante décadas. Jiménez no sólo ensalzó el misterio. También fue al ataque. En el cuarto bloque del programa (ver video, a los 2′  00”), dice: “algunos periodistas han dado entender que fue todo una confusión, que usted fue a hacer sus necesidades, que usted ha hecho una broma a sus propios soldados”. Valdés se va por la tangente y el pícaro animador no repregunta, compra el misterio. El conductor de Cuarto Milenio daba rodeos, le costaba abordar el punto porque -si hubiese sido veraz- se hubiera visto obligado a reconocer que su “exclusiva” era una mentirijilla más, una de las tantas que hay en su programa.

Hace menos de dos años -el 25 de noviembre de 2007-, con el periodista chileno Diego Zúñiga entrevistamos a Valdés en la ciudad de Temuco, en el sur de Chile. El reportaje se publicó en Más Allá (para saber más, descargar pdf), revista cuyo consejero editorial es el escritor Javier Sierra. Nosotros no levantamos a Valdés cargo alguno sino que publicamos sus declaraciones. Valdés, en una entrevista agradable y distendida, nos confió el módico enigma de su desaparición: se había alejado para ir a orinar y luego permaneció sobre una muralla, observando desde cierta altura a las luces y a los soldados, aterrorizados. Los más interesados podrán escuchar el fragmento clave de la entrevista aquí:

De Iker Jiménez podría decir otras cosas, pero, en este caso la ingratitud también duele: gracias a nuestra entrevista supo que Valdés estaba nuevamente disponible. Y así fue como decidió enviar a sus productores a Chile. Sin embargo, despreció la revelación clave de aquella nota, sin tomarse molestias elementales, como consultarnos o pedir el audio de nuestra entrevista, en el peregrino caso de que hubiese querido salir de dudas. Pero pareciera que, a veces, interesarse en corroborar versiones anteriores es algo así como esperar sinceridad de un vendedor de coches viejos. Jiménez, y sobre todo Valdés, saben qué sucedió durante aquel famoso tiempo perdido. “Conocen el final del cuento”, como le digo a Gámez. Y ambos “hacen como que no”.

Habiendo tantos enigmas interesantes, Jiménez opta por perpetuar un falso misterio. La gran tontería es subestimar al espectador. Jiménez, y acaso también Valdés, cree que “el show debe continuar”, cuando no hay nada más placentero que aflojar la vejiga y enfrentar la realidad, siempre más atractiva, emocionante e instructiva que la ficción. Yo sé que es poco formal, ¡pero hay que ser adoquín! ¿No creen?

Enlaces

Fragmento de la entrevista de Diego Zúñiga y Alejandro Agostinelli a Armando Valdés Garrido (25/11/07)

El caso del cabo Valdés: la historia del soldado que se fue a orinar y se inventó una abducción

Entrevista a Alejandro Agostinelli en el programa Luces en La Oscuridad (15/12/2008). Descargar audio aquí.

Entrevista de Luis Alfonso Gámez y Javier San Martín en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, España.

“No he sido abducido”. Las claves de un caso que conmocionó al mundo. Por Diego Zuñiga y Alejandro Agostinelli, en revista Más Allá Nro 234.

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Los colegas empezaron a leer Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina. ¿La verdad? No sabía que el libro iba a ser recibido con tanta benevolencia. Primero agradezco a mis primeros lectores. Mariana Comolli, por ejemplo, se hizo eco de la abducción de Catherine Fulop en Semanario cuando el libro todavía no estaba en la calle. Débora Goldstern me hizo una gran entrevista en su blog Crónica subterránea. También estuvo bárbaro el reportaje de Javier Sinay para Ciudad.com y Clarín, así como el de Mora Cordeu, de la agencia Telam, texto que publicaron varios medios de todo el país, como La Capital de Mar del Plata. También agradezco a Auri Gorosurreta y Maximiliano Sardi por permitirme explicar cómo reconocer invasores en la revista Hombre, aunque el precio haya sido disfrazarme del Capitán James Tiberius Kirk. Mil gracias, también, a los colegas Luis Alfonso Gámez, autor de la primera reseña de Invasores en Magonia, a los exagerados comentarios de Luis Ruiz Noguez en Marcianitos Verdes, a Abel Gilbert, de El Periódico, a la desmesurada apología de Diego Zúñiga en La Nave de los Locos y a las piadosas críticas de Rivera Westerberg, en Sur y Sur y Federico Kukso en Crítica de la Argentina (¡zafé con un 7, mami!). No voy a repetir la gratitud que siento hacia Mariana Guzzante, del diario Los Andes, y Fernando Toledo, de Diario Uno, por sus entrevistas cuando visité Mendoza. Otras noticias, como el amable comentario de Diego Rojas en Veintitrés, no están online. Por eso fueron a parar al archivo de Invasores en Flickr.

Lo que nunca imaginé fue el generoso despliegue que le iba a dedicar a Invasores el diario Página 12. La imagen que ilustra esta entrada -Abducción criolla- es la tapa del suple dominical Radar del 14 de junio. Bajo el título Los enanitos verdes, la entrevista de Juan Pablo Bertazza incluye un malherido recuadro sobre el trotskismo galáctico (una minbiografía de Homero Cristalli, el fundador del posadismo) y una cronología de los invasores, rápida sinopsis del libro que invito a leer a quienes no tienen la más pálida idea de lo que estoy hablando.

A todos, incluidos los programas de radio -y, a las perdidas, tevé- que le dieron al libro algo de aire, muchísimas gracias.

De paso, les recuerdo que Invasores tiene su propio blog.

De yapa, cierro con el último comunicado del Comandante Clomro. En casi diez minutos (paciencia…) explica por qué mantuvo su identidad en reserva y por qué decidió dar la cara en Invasores.

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Ya pasaron tres años desde que decidí irme de Editorial Perfil. Allí, en el edificio de Chacabuco y Diagonal Sur, custodiado por la mirada severa y olvidada de José Luis Cabezas, había pasado diez años de mi vida. También pasaron otras cosas. Amores de pasillo, amigos entrañables, hastíos inimaginables. El lector disculpará que confíe ciertas desdichas, sólo ruego considerar que pasé diez años ahí metido. En Perfil fui secretario de redacción de la revista Descubrir, edité los coleccionables de Noticias, cubrí las Asambleas Populares para El Cacerolazo de Andrés Cascioli y lanzamos al mercado la revista masculina Hombre (juro que al principio era menos chancha).
El último lanzamiento fue NEO. Hacer una publicación atractiva sobre ciencia y tecnología fue todo un desafío. Alejandra Folgarait, Fernanda Mel, Sebastián Catalano, Verónica Engler, Nilda Martínez, Victoria Arias y más de veinte colaboradores fueron parte de aquella aventura memorable.
Concluido el ciclo en Perfil, me dije: “Bué, ahora tengo que terminar alguno de los libros que tengo empezados.” Por eso, cuando nos juntamos con Pablo Avelluto, gerente de Editorial Sudamericana, llevé cuatro carpetas. Ninguna de ellas era Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina, título de mi primer libro, que sale el 1º de Mayo.

ETNOGRAFÍA FREAK. La consigna de Avelluto fue clara: “Quiero que escribas diez historias increíbles sobre ovnis”. Yo había ido con otras ideas. Quería completar mis apuntes sobre gurúes de cultos exóticos, una guía para orientar al consumidor de falsas ciencias o pulir mi bitácora de encuentros con freaks. No quería saber nada con los ovnis. Tenía unas cuantas perlas cultivadas, pero ya le había dedicado demasiados años al asunto. Quería mirar hacia otro lado. “Con todo lo que escribiste sobre el tema alcanza, revisalo y rearmalo”, me dijo el editor.

“Revisalo y rearmalo”. Decir eso es fácil. Otra hacerlo. Para mí, era empezar de cero. Y así empezó el libro, casi como una misión. A mitad de camino entre la arqueología y la cruzada apostólica. Tenía que reinvestigar las mejores historias. Deshojar recortes de diarios amarillos, quebradizos. Hamacarme en archivos ajenos y lejanos. Buscar gente que no sabía si vivía. Llamar a Dios y María Santísima.

La obra requería hacer, por lo menos, cincuenta entrevistas. Flor de laburo. Varias veces estuve por desertar. Gracias a la nostalgia, que con la curiosidad son las únicas consejeras internas que te empujan hacia el futuro, me entusiasmé; junté coraje y me embarqué en una investigación frenética. Empecé a revisar carpetas viejas, a llamar a la gente, a viajar. Pero como en realidad nadie me corría, entré en cada historia despacito, yendo no por autopista sino por colectora. Viajar, conversar y explorar los recodos maravillosos de los seres humanos fue también redescubrir el placer de la crónica. Andar por sus lugares le da gustito y color a sus vidas. Al cabo de un año y medio tuve catorce historias inéditas. Me costó seleccionar diez y quedaron once. Todas me atraparon por igual. ¿Por qué? No elegí ninguna que no mereciera una película. Ese fue el lema que perseguí durante el proceso extravagante, obsesivo y delicioso cuyo resultado estará en pocos días en las librerías.

OVNI AL PASADO. Cuando en 2008 regresé a Victoria, Entre Ríos, todo había cambiado. En 1991, cubrí la historia para la revista Conocer y Saber (luego Conozca Más). Por entonces los ovnis estaban vivos. Dieciséis años después había un Museo, el Museo Ovni de Victoria, y una mujer, Silvia Pérez Simondini. Ella y su adorada hija, Andrea, me llevaron al cerro La Matanza a ver entre las estrellas luces a las que llamaron ovnis y las vi, pero juro que fue más esclarecedor notar que la vida de Silvia merecía un capítulo íntegro.
Otras dos vidas, la de dos hermanos espiritistas, Jorge y Napy Duclout, se fundían con los orígenes del culto extraterrestre en la Argentina. El único familiar vivo residía en una casucha al pie de la Cordillera de los Andes, en Santiago de Chile y fui, acompañado por el periodista Diego Zúñiga.

Pablo Kittl Duclout, físico-matemático de la Universidad de Chile, me abrió los ojos al fascinante destino de sus tíos, protagonistas del primer avistaje anunciado de un plato volador desde la azotea del edificio Kavanagh, en 1954. Estos seres venían de Ganímedes, la mayor luna de Júpiter. Dos años antes un espíritu les reveló la existencia de una tecnología superior. Tan extraordinarias fueron aquellas revelaciones que inspiraron a Napy para que filmara la primera película argentina en 3D, “Buenos Aires en relieve” (1954).
Una vieja fijación por el caso Vidal, la aventura del matrimonio teleportado desde Chascomús a México, me absorbió durante meses. Horas de charla con Anibal Uset, director de Che Ovni, el primer cineasta argentino que viajó por el mundo para rodar una comedia basada en lo que se rumoreaba sobre los extraterrestres en los años sesenta, y otras tantas con Martín Rappallini, por entonces un joven escribano acusado de silenciar la verdad sobre la legendaria abducción matrimonial, justificaron otro capítulo. El Muñeco Mateyko, Pipo Mancera, Javier Portales, Cuchuflito, Jorge Sobral, Marcela López Rey, Erika Wallner y Perla Caron fueron las estrellas de la versión cinematográfica de la historia. ¿Una reliquia? Y, sí. La odisea olió a rancio hasta cuando supe que Catherine Fulop, en los noventa, había protagonizado una curiosa remake. En España ella también había sido convencida de haber sido teleportada por extraterrestres.

LO MEJOR YA FUE. Viajé a Mendoza y Mar del Plata para reencontrarme con Villegas y Peccinetti, los empleados del Casino que una madrugada de 1968 no llegaron a casa porque fueron interceptados por cinco humanoides y su nave. Otra historia fabulosa. Porque, en el paso a paso, me hizo sufrir, me hizo reír y también me quise morir. Las visiones del chupacabras y la oleada de mutilaciones de ganado secuestraron mi atención en Santa Rosa, La Pampa, y ya que estaba reconstruí la saga del chacarero a quien un ovni le chupó el celular. También me sumergí en la epopeya de don Francisco García, el “marciano por parte de madre” que en 1973 anunció el descenso de 50 naves (50, ni 49 ni 51) sobre la Laguna de Chascomús. Mis nebulosos recuerdos de la entrevista que le hicieron en Teleshow me eyectaron a Chascomús, adónde fui a verificar si en el Club de Pescadores seguía el balcón desde donde quisieron tirar al gurú cuando las naves no aparecieron, y volví sobre la pista de Normando Anuar Busefi, compañero de profecías de García y ahora exiliado en la habitación de un hospicio, convertida en Cuartel General del Universo.

Anduve por los parajes donde un vagabundo galáctico se encapuchó para decir que él -el afamado Comandante Clomro- es la encarnación de un ser de otro mundo. Una noticia: aunque no lo busqué ni lo esperaba, me reveló un secreto y su identidad, hasta ayer inexpugnable. También visité el geriátrico donde se hospeda Martha Green, una anciana hermosa que en los cincuenta fue arrebatada de la Tierra por Enis, su amante de otra dimensión, mientras su esposo -un militar peronista- era acosado por la dictadura de Aramburu.

Qué quieren que les diga: vivir, investigar y escribir las historias que son parte de Invasores fue una de las cosas más entretenidas que hice en mi vida. También fue una experiencia reveladora. Escribir es investigar, pensar, atar cabos, descubrir. Ahora parece que el libro tendrá lectores. Para ellos leerlo será… ¿Qué será? ¿Qué sucederá? Ni idea, ese es otro misterio pendiente. Pero prometo que no me va a importar, y no me va a importar porque lo mejor ya pasó. Lo mejor fue hacer Invasores y ahora poder pensar en las invasiones que siguen.

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